Acción!MAD | Las cucarachas del arte
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Las cucarachas del arte

Sergio C. Fanjul El País

Varias citas confirman la performance como un género en auge, fruto del espíritu de nuestro tiempo y de los rigores de la crisis.

Imagen de una performance de Serge Pey y Chiara Mulas

Imagen de una performance de Serge Pey y Chiara Mulas

La performance ocurre en un momento y en un lugar, solo para los ojos privilegiados que están presentes. Y luego desaparece. Deja apenas nada: algo de documentación y el recuerdo en la mente de los espectadores. Esto es, precisamente, lo que la hace tan especial. No produce un objeto, como estamos acostumbrados cuando hablamos de arte, y trabaja con el propio cuerpo. Por eso, aunque su historia (no del todo escrita aún) ha discurrido ya durante un siglo, sigue pareciendo ultramoderna y siendo raíz de intensos debates entre comisarios, artistas y gestores culturales.

La performance, debido a la precariedad de la crisis, vive momentos de efervescencia. El Centro de Arte 2 de Mayo (CA2M) de la Comunidad de Madrid, en Móstoles, le dedicó buena parte de su programación la temporada pasada, especialmente con la intervención de Los Torreznos por todos sus rincones o en la gran exposición Per/Form, cómo hacer cosas conpalabras. Actualmente alberga un curso de la Universidad Popular que trata el etéreo tema. Y este mes, en diferentes espacios madrileños, podemos ver piezas de Jaime Vallaure, Jesús Nieto, Juan Domínguez, Los Torreznos o el encuentro de arte de acción Acción!MAD.

¿Por qué esta efervescencia? En parte al zeitgeist. “Vivimos en un mundo material, mediático, espectacular”, explica Ferran Barenblit, director del CA2M, “es cuestión de celebrar lo efímero, el acontecimiento, la experiencia que no se puede repetir”.

¿Está de moda? “Más que moda es supervivencia”, dice Nieves Correa, directora de Acción!MAD, “en estos tiempos de falta de recursos, la performance se adapta a todo. Solo se necesita el cuerpo, el tiempo y el espacio”. Correa recuerda una cita del artista Christopher Hewitt: “Los performers somos las cucarachas del arte”. Cuando todo desaparezca, ahí seguirán.

En el género confluyen creadores procedentes del arte contemporáneo, las artes escénicas o la poesía escénica (o polipoesía). Juan Nieto, que mostrará Back Play en Matadero, procede de las artes escénicas: “Estamos tirando las barreras que se hacían entre las disciplinas”, dice, “con la pseudomoda de espectáculos de pequeño formato, de vivir una experiencia única, ya se permean los límites. Ahora no se pueden levantar grandes producciones, pero sí habitar poéticamente un espacio”.

Este contacto estrecho con el público es importante en la obra de Juan Domínguez, Clean Room, en La Casa Encendida: “El público va creciendo con la obra, hasta que se convierte en protagonista y yo soy un mero facilitador de situaciones”.

La performance comienza a principios del XX, con los futuristas o los dadaístas del Cabaret Voltaire, y toma fuerza en los sesenta con los movimientos Fluxus o, en España, Zaj. La figura más célebre de la actualidad sería Marina Abramovic. Sigue siendo vista como la última vanguardia y considerada por el espectador no versado como algo oscuro o intelectual. “Muchas veces la performance ha estado ligada a la exploración de los límites del cuerpo o al dolor, lo que la ha llevado a terrenos oscuros y siniestros”, explica Jaime Vallaure, artista en solitario y miembro de Los Torreznos (actuarán en La Casa Encendida y en el Teatro del Barrio), “a veces está muy cerca de la adolescencia, en el sentido de explorar y dimensionar el propio cuerpo. Nosotros estamos más cerca del humor y la autocrítica”.

Los debates se siguen generando: ¿Qué es performance? ¿Dónde y cómo la ubicamos? Una historia que parece no acabar. “El arte lleva todo el siglo XX tratando de crear algo difícil de exhibir y coleccionar”, expone Barenblit, “sin embargo, la historia del trabajo curatorial ha sido todo lo contrario: hacer exhibible y coleccionable lo que no puede serlo. Y ahí surge una contradicción interesante”.